Madrid es hoy un parque de atracciones. He formado nueves sumando los números de matrícula de los coches estacionados en Reina Victoria. Las chicas que repartían el periódico gratuito habían intercambiado su posición rutinaria y la del Qué me saludó por la izquierda y yo le guiñé como si hubiese entendido la diversión. Había cola para pasar el torno y me sentí en Disneylandia y Piolín tenía hoy disfraz de ejecutivo. La línea seis fue la montaña rusa acostumbrada, en Moncloa me encontré con un compañero de clase que llevaba todavía el sándwich de desayuno en la boca, pero sin llegar a moderlo. Imaginé que había escapado de su casa y que usaba el sándwich como barba postiza con sabor a salami danés. Durante el trayecto de la guagua de la línea A no pudo contenerse, se lo comió quedando al descubierto. No quise decir nada y fui su cómplice. En la Facultad entramos en clase y el profesor repartió las hojas de examen. Antes de empezar, dijo que quien no se sentía capaz de superar la prueba, debía abandonar el aula en los siguientes dos minutos en los que se quitaría las gafas para no ver a los desertores. Dos chicas se levantaron angustiadas y corrieron dando un portazo al salir. Tras terminar de contar, se volvió a colocar las lentes y nos miró como si fuese el que se la quedaba en el juego de la cogida. He escrito mi mejor examen intentando no cruzar la mirada con él. A la vuelta he empezado a hacer la maleta por orden de colores. Fuera, la del sexto tendía su ropa y un gato hacía equilibrios sobre la cuerda esperando el aplauso general del patio de vecinos. Primero azul, luego beige... Conté hasta diez, las horas que faltan para jugar desnudos en tu cama con mis dedos recorriendo tus piernas hasta el fin del mundo.
miércoles 4 de noviembre de 2009
viernes 23 de octubre de 2009
Preguntas retóricas, nadie irá a Belén
"¿Has leído Moby Dick? Trata del capitalismo del siglo XIX, el nacimiento de las pequeñas sociedades. El problema del siglo XXI es que no hay ballena, ni siquiera hay viaje". El que habla es Jan, el rubísimo estudiante alemán con el que comparto piso. Estudia Filosofía y tiene más años de los que quisiera. El resto del discurso lo hace en su lengua materna. Los alemanes hablan demasiado rápido y pienso que los años de academia fueron una gran pérdida de tiempo. Me siento aturdido, como cuando sales del cine, de la sesión matinal y afuera es de día, la gente corre de un lado a otro y no entiendes nada. Le respondo que está loco, eso se lo digo en castellano. Jan se ríe y detiene su mirada en la estantería de libros de mi cuarto. Me siento desnudo, como si cada uno de esos volúmenes dijese una verdad absoluta sobre mí. Esos secretos que no contaría a nadie, ni aunque me torturasen. En la primera balda los libros están amontonados. Las baldas inferiores están divididas en dos grandes materias, si son libros jurídicos o ficción. A Jan le hace gracia que la primera esté desordenada y cree que es una representación de mi cabeza. Lo que él no sabe es que están puestos así para hacer ver a los demás que tengo muchos libros. Aparentar, que se dice. Esto último es aplicable a cualquiera de mis acciones, soy como los italianos que hablan de verduras como si tratasen de Kant. Se produce un gran estruendo y miramos por la ventana. Llega una vieja furgoneta "Volkswagen" de colores. El ruido del tubo de escape me hace recordar a la tía Pilar, que se agarraba el rosario cada vez que iba paseando y un coche se acercaba por detrás. La pobre ganó hace veinte años la Primitiva y siempre creyó que alguien le robaría el dinero.
Publicado por Carlos Castillo en 20:08 0 comentarios
Lo que no cura mata
Intentaría ser sincero conmigo mismo, pero hoy no es el mejor momento para ello. Dirás que me escondo en que ninguna noche sea la indicada, pero te aseguro que no podría salir una palabra cierta de entre mis labios. Llevo demasiado tiempo mintiendo. Y hay hábitos difíciles de desprenderse de uno.
Sí, lo confieso. Soy un mentiroso por norma, y si eres descuidado ya te habré colado detalles sin que lo hayas notado. A ti te da igual, estás leyendo algo que ha sido escrito en otro contexto y no entiendes nada, pero para mí esto tiene un valor incalculable. Cuando tú leas esto yo no estaré allí para contártelo a tu lado, así que tienes permiso para inventarte la película que quieras y yo seré bueno o malo a tu merced. De Silvestre a Piolín en menos de un segundo.
Hago demasiadas preguntas, lo siento. Es mi necesidad de hablar. Acabas hablando con cualquier cosa y claro, acabas loco como querían. Al final me gustará. Sabores adquiridos, como el vino y el café. Más de lo mismo. Cafeína para no descansar, cerveza para convencerte de que aquella chica pretende acostarse contigo, Hay personas que admiran el vino como si fuese una obra italiana del Renacimiento, y luego dicen que todos los desviados están bajo llave. A mí me tocó por simple estadística, demasiados hermanos y uno tenía que quedarse con el papel de oveja negra. Te hablé del chico del hacha, es mi vecino y me gusta jugar con él al ajedrez. Es tan placentero dejarse ganar. Piénsalo. Podría ganarte si quisiera. Sólo tengo que mover esto y estás muerto, el poder absoluto. Y en cambio decides mover en falso, volver a caer y fingir la sonrisa de teatro diciendo que la próxima vez será diferente. No quiero vencerlo, en realidad. Ni tiene que ver con mi miedo a despertarme un día con un hacha peinándome el cráneo, sino que me gusta perder. Ser Silvestre es divertido. A veces hay que dejar que los buenos se lleven la victoria.
(...)
Me quedaría a vivir aquí si no fuera por esta sensación continua de vigilancia que me persigue a cada instante. No puedo levantarme de la cama sin ser aprobado o verificado por algún monitor y debo tener especial cuidado con actuar como se espera de mí. Nueve en punto de la mañana, hora de gritar. Once y media, golpearse contra la almohada. Ni un minuto más, no vaya a ser que crean que cada día estás más loco. Y hay que salir de aquí de cualquier forma. No, mentira. No quiero salir de aquí. Es una mierda, pero estoy seguro. No pretendo dar la impresión de estar desesperado, esto no va de gritos de socorro. Los barcos están en puerto y todo está bajo control.
He gastado la mañana en calcar el perfil de los edificios que se ven desde mi ventana sobre el cristal con tinta indeleble mientras allá abajo, en la boca del metro, una mujer intentaba vender un hueso de jamón a los que se aventuraban a viajar por los intestinos de la ciudad.
(...)
He perdido el hilo de nuevo, para ti es un salto de línea, pero para mí han pasado horas en este infierno. ¿Sigues? Bien.
Publicado por Carlos Castillo en 20:02 0 comentarios
domingo 11 de octubre de 2009
20 times I wish you’d understand
En la fiesta de anoche, me estuve divirtiendo como nunca. Y no tenía motivos para sentirme así, no era el cumpleaños de ninguno, ni una fiesta de Erasmus de esas en las que ocurre cualquier cosa. Estábamos todos, eso sí. Que ya es rara la vez que coincidamos una noche. Di tantos apretones de mano y tantos besos en las mejillas que creí que no había absolutamente nadie en ese apartamento que no conociese. Había buena música y las botellas de alcohol estaban dispuestas sobre el pollo de la cocina a modo de barra libre. Mi marca favorita de whisky. Sabía que me iba a divertir. Al principio me dediqué a pasear por el apartamento, observando a las chicas que habían venido. Me pregunté qué expectativas tendría cada una y si alguna tendría las hormonas en el cielo. Estaba Cristina y me sentí eufórico. En una fiesta, como en cualquier escenario, hay roles que debemos cumplir escrupulosamente, salvo que a alguno le dé por beber tanto que mande el guión a hacer puñetas. Siempre hay una chica que necesita ser el centro de atención y baila con cualquiera. Esa chica suele vestir de rojo. Todos acabamos deseando su generoso escote pero nadie termina en su cama, o en su coche. También está su antagonista, que es el chico aburrido que se aparta del centro y se apoya en las paredes para camuflarse. Más de una vez me ha tocado ese rol y he de decir que lo bordo. Está el que llega borracho a la fiesta y el que sólo bebe agua. Están las guapas y las feas, que están encasilladas. Las guapas son cortantes, no permiten que les digas nada. Parece que tienen cuchillos en vez de brazos. Ayer me tocó ser el jefe de filas y no me lo esperaba. Si hablaba con alguien, al rato varios nos rodeaban formando un círculo y se adherían a la conversación. Estuve tan ocupado que pasaba mucho rato entre que me servía una copa y otra, así que no terminé de emborracharme. Quise acercarme a Cristina varias veces pero no encontré el momento adecuado. Había un chico en la cocina fumando y haciéndose el misterioso, como si le diese igual estar allí, en un zoológico o durmiendo. Las botellas se fueron vaciando y la cola para ir al baño cada vez era más larga. Cuando volví al salón, habían formado una conga y no me quise unir. Tuve esos minutos donde te pones a pensar qué estás haciendo con tu vida y me puse algo triste. Pensé en volverme a casa, que es lo que hago normalmente. Sin embargo, busqué a Cristina con la mirada. Estaba rodeada de amigas, tan coquetas como ella. Si un día me dirige la palabra, me evaporo. El maquillaje de varias de ellas ya no era tan perfecto como al principio y supe que sería imposible acercarme a ella sin que se diesen cuenta las demás. Y que tampoco miraría en mi dirección porque me tapaba una gorda con hombros de nadadora holandesa. Me dediqué a observar la conga con curiosidad antropológica mientras me decía que debería quitármela de la cabeza, y que no era para tanto. Eché un vistazo por última vez a lo poco que se adivinaba de Cristina entre el círculo de chicas y me fijé en sus brazos. Eran afilados.
Publicado por Carlos Castillo en 17:52 1 comentarios
Cuando no estás aquí
Cuando no estás aquí, la casa se convierte en selva amazónica para mí. Los muebles se hacen más grandes, las paredes se oscurecen y el pasillo se alarga como si todo fuese parte de una alucinación orquestada. Ellos también perciben tu falta. Me refugio en el balcón, el único lugar que no se transforma. Fumo un cigarrillo tras otro y miro el interior de la casa, a las tierras sin colonizar. Y siento miedo, ese tipo de miedo que sentía cuando era pequeño y me pasaba las tardes mirando por la ventana hasta que mis padres volvían de trabajar. Entonces no fumaba y tenía más pelo sobre la cabeza. Algunos problemas menos, también. Otro recuerdo que conservo es ponerme el enorme albornoz de papá al salir de la ducha y secarme la cabeza con las mangas. Tonterías. No tiene sentido tener miedo a estas alturas, pero ahí está. Cuando no estás aquí, me importa poco que regreses en horas o días. La casa me rechaza, soy un desconocido para ella y a mí nunca se me ha dado bien romper el hielo. Y luego volverás y pensarás que qué tonto soy y que los muebles no pueden cambiar de forma ni crujir a su antojo para asustarme. Pero lo hacen. La casa sabe que estoy aquí por ti y se pone celosa. Al menos en el balcón puedo pasar las horas muertas fumando y aprovecho para repetirme que no hay nadie más, que cómo iban a entrar a robar precisamente hoy y que ese ruido no viene de la cocina. Es increíble la sinfonía melódica que produce la nevera de madrugada. No te lo puedes ni imaginar. Cuando no estás aquí me siento un niño pequeño que no tiene que hacer la cama cada día. Puedo comer y dormir a las horas que me dé la gana. Soy aún más desordenado y tristón. Quizá el que se oscurece soy yo y no los muebles. Y que mi miedo no sea a un ladrón que entre por la puerta, sino a algo más. No sé. Lo único que tengo claro es que no me gusto sin ti.
Publicado por Carlos Castillo en 17:51 0 comentarios
