La gran evasión

Ya sólo resta que enciendan las luces, lo demás está preparado. Es Navidad en Madrid y el centro ofrece las estampas propias de esta época: los músicos ambulantes que interpretan villancicos para acordeón y trompeta, los puestos de castañas asadas a tres euros la docena, la cola frente a Doña Manolita con las ilusiones divididas en décimas partes, y los árboles de plástico ya decorados que venden los chinos. He recorrido el centro con las manos en los bolsillos del abrigo de paño acariciando el bote de las pastillas para las crisis. Mi amuleto favorito. La Gran Vía era un río de gente y creí que allí la encontraría por fin. Incluso ensayé un discurso con el que conseguir que cayese rendida en mi cama y volviese conmigo. Por supuesto, no apareció. Quizá ya ni viva en Madrid, no sé. Paré un taxi cuando sentí que la cara me dolía del frío. Regresé a mi calle, la de las aceras anchas y los sueños cortos. Un trabajador de la limpieza viaria, armado con un brazo de aire a presión, jugaba con las hojas caídas desplazándolas hasta componer pequeñas montañas marrones y verdes. Planeé no volver a casa, huir corriendo de esta ciudad y ver desde muy lejos cómo arde por combustión espontánea. O por la caída de un meteorito, me da igual. Sería divertido vivir una temporada en Las Vegas, esnifando cocaína en el ombligo de una prostituta de cincuenta dólares. Me iría ahora mismo, no dejaría ni una nota explicativa en la nevera. Pero cuando ya tenía planeada la evasión, un golpe de aire me llevó hasta el portal y no ocurrió absolutamente nada más.

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2 Responses to La gran evasión

J. Jiménez Gálvez dijo...

Deja al menos un pos-it.

rafa peñalver dijo...

Me ha gustado mucho

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