Un lobo en la puerta

Yaiza, una Golden Retriever blanca, duerme acostada sobre el costado izquierdo en el centro de la salita. En la habitación contigua, Jaime pega a sus zapatillas favoritas unas alas hechas de papel para poder salir volando cuando le persigan los chicos en el recreo del colegio. La madre, Paula, le grita desde la cocina que recoja de una vez las bacotas que están desperdigadas por el pasillo. En la habitación del abuelo no hay nadie pero huele a él. Paula está preparando un batido de mamey siguiendo la receta de su tía cubana. Mientras, escucha una tertulia radiofónica sobre el putamen y la ínsula, dos regiones cerebrales que son parte del circuito del odio, y piensa que cada vez le cuesta más controlar a su Miss Hyde particular. El padre, José Juan, está en el baño aplicándose claras de huevo sobre la coronilla. Tiene una entrevista de trabajo a las cinco. Todavía desconoce en qué estación del Metro tendrá que bajarse. Desde la ventana del pasillo se observa una cuerda que llega hasta el balcón de la salita y en la que cuelga un pantalón de pana con parches en las rodillas. Suena el timbre de la entrada. Se trata de Guillermo, el pecoso lector de contadores del Gas Natural. Paula apaga la radio y nadie abre.

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