Vapour trail

Tres huevos medianos. Vuelve a ser domingo y tras amanecer a las ocho me he quedado en la cama hasta las once, buscando el lado más frío de la cama a veces, y otras, el más caliente. Un yogur de limón. Luego la ducha escuchando la radio, esas canciones que solía bailar cuando salía hasta las cuatro, cuando gustaba a desconocidos y me invitaban a otras camas. 180 mililitros de aceite de oliva suave. El café recién hecho me termina de despertar y pierdo la mirada en el estúpido mensaje de amor de la taza. Lo mejor está por llegar, claro. Doy tantas vueltas a la cuchara que se me enfría el café. 150 gramos de azúcar. Si tuviera hijos no disfrutaría de estos "pequeños placeres" en domingo. O sí, pero tendría que levantarme a las 7 de la mañana por lo menos. Me viene a la cabeza un artículo que leí en una revista cuando era una niña y que me impactó mucho. 250 gramos de harina. Según recuerdo, trataba sobre una artista del cine danés que se quedó viuda muy joven. No quiso ni pudo enamorarse de nuevo y en su soledad y desesperación entre colecciones de arte y una mansión vacía de risas y calor, decidió ser madre. Adoptó a diez niños. Rubios, morenos, niños y niñas, de dos a nueve años. Volvió a una vida plena y feliz. Un sobre de levadura. A mis tiernos diez años me encantó la historia y decidí entonces que cuando fuera mayor adoptaría niños, que había muchos sin padres y merecían tener una familia.Ralladura de la cáscara de un limón. Esta artista se arruinó a medida que fue adoptando niños pero no podía parar. Vendió los cuadros, las esculturas, los libros prohibidos de su inmensa biblioteca, parte del paisaje verde que rodeaba su mansión, las joyas. No quiso volver a estar sola nunca más. Era inmensamente feliz. Una pizca de sal. Ilusa de mí. No soy famosa, ni tengo una fortuna. Trabajo mecánicamente en una fábrica de muebles de lunes a sábado. Podría decirse que soy soltera de corazón y aunque sé que no será posible, me encantaría tener hijos algún día. Horno a 180 grados durante 30 minutos. Al menos me queda el café, las horas muertas en la cama los domingos, bailar en la ducha, pintar mandalas, ir a cumpleaños de los hijos de mis amigos y hacer bizcocho de limón.

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El peso del agua

El pasado jueves, Alfredo me llamó por teléfono y me pidió que me fuese con él a Milán el fin de semana. Ya no recordaba cuándo fue la última vez que tuvimos unas vacaciones. Me pareció bien, sería mi primera vez en Italia y así él no volvería a echarme en cara que no quise reconstruir lo nuestro. A fin de cuentas, él había tomado la iniciativa por primera vez en años. No es malo dar marcha atrás y utilizar las viejas armas: ilusión y sorpresa.

El fin de semana pasó en un suspiro: demasiadas horas enlatados en aviones y coches de alquiler. Nos quedamos en Varese, en casa de un amigo suyo, un poeta italiano que tenía más colmillos que un lobo. El domingo nos llevó al Lago Maggiore, una enorme balsa de agua glaciar que hace frontera con Suiza. Hacía mucho frío pero era precioso. Me dediqué a hacer fotografías a otras parejas felices que se abrazaban frente a la orilla, capturando los besos de imprevistos desconocidos. Las montañas que rodeaban el lago eran imponentes y parecía que se derrumbarían en cualquier momento sobre nuestras cabezas. Por primera vez, no pensé en quien no debía. Alfredo me dijo que era bueno crear nuevos buenos recuerdos. Me abrazó por detrás y me quedé callada hasta que cogimos el avión de vuelta a España. Estoy convencida que existirá un futuro en el que echaré de menos sentirme como me siento ahora. El peso del agua. Qué corazón tan ridículo.

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El martinete

"Íbamos a ser una generación con la vida resuelta", apunta Alfredo manteniendo la mirada fija en su café. Cada día tiene más cara de epitafio y todo lo que le diga para animarlo será en vano. Además, últimamente me cuesta un mundo empatizar con él, aunque sea su novia. Alfredo siempre se creyó más listo de lo que es, sospecho que su madre tuvo mucho que ver en eso. Son las cinco de la tarde del domingo y vuelvo a estar frente a él, preguntándome qué hago aquí. Mi corazón está lleno de secretos y todos tienen que ver con otro hombre. Mientras tanto, Alfredo sigue divagando y resolviendo el mundo desde la barra del bar, tiene carrete para largo. Los demás ya se han ido del pueblo buscando la Tierra Prometida, solo quedamos él y yo. Pienso en todos nuestros amigos y qué estarán haciendo allá en el extranjero, con sus vidas felices. Alfredo habla del último libro que ha leído y de sus clases en alemán. Jura que se marchará lo antes posible, pero ambos sabemos que no lo hará. Somos los últimos en irnos y aquí nos quedaremos. Ojalá se fuese de una vez, no me sentiría tan mal conmigo misma. Él es mi fracaso emocional, yo soy el suyo. El próximo domingo volveré a estar frente a él, fingiendo que nos importamos y contándonos las desgracias familiares de cada uno. Todo lo demás es secundario. Pago su café y nos despedimos con un pico de compromiso. En el parabrisas de mi coche se han formado cristales de hielo.

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Sentido del otro

Qué curioso es el mundo de los procesos sensoriales. Siempre me fascinó el mundo de los cinco sentidos aplicado a las razas, los sexos, la edad. Desde el recién nacido, con sus sentidos a estrenar, potenciando el sentido del tacto en las primeras horas. Hasta el viejito que toma el sol en el parque con sus colegas de banco, con los que no habla básicamente nada por el esfuerzo sobrenatural que supone que le escuche medianamente bien cualquiera de ellos. También tiene fecha de caducidad. Supongo que los procesos sensoriales en cuanto a género son mucho más complejos de estudiar, aunque apuesto firmemente, y hablando en términos generales, que las mujeres los tienen mucho más desarrollados que los hombres. Lo sabes pero no puedes explicarlo: Buscar ejemplos para ello me parece estúpido, no quiero crear debate ni hacer una tesis sobre ello. Simplemente lo pienso. Y hasta diría que sólo ellas tienen desarrollado un sexto sentido. Quizás sólo se trate de una estrategia del uso de los otros cinco, uniéndolos sólo en uno. ¿El buen gusto? ¿La delicadeza? ¿La sospecha? Sabes perfectamente que lo hice, que lo repetí, que lo oculté y disfruté de ello. Sabes el color de su cabello y hasta el perfume que usa porque lo has olido en mi ropa. Y hasta su restaurante favorito donde sirven el mejor vino Bordeaux de la ciudad. Permite decirte que, aunque hayas desarrollado tu sexto sentido, me reserve el placer de su risa, de su sabor y su fascinante tacto...

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Variedad de Calabi-Yau

Quise hacer de estas fechas una Navidad fuera del Grinch que me caracteriza. Ver lo bonito que tengo, valorar mis amistades y mi familia, dejar los rencores y las malas vibraciones a un lado para despedir con calma y satisfacción el peor año de la historia. Por el bien de ambos, por el bien propio.  Y yo no sé qué te ocurrió este verano en Baltimore, que ya no has vuelto a ser el mismo.¡Pffffff! Mira que lo he intentado. Sonreír con la mirada perdida y asintiendo a nosequé cosa que me estabas contando. Quedar en masa con gente que no veo hace meses y que solo hablan de ellos mismos durante horas y cierran con un "bueno-tú-qué-tal", como si importara. Aunque visto lo visto, lo prefiero. Ir a esa cena ridículamente cara en lo alto de la ciudad con todas ellas mirándome, sintiendo sus comentarios en off con su mirada sobre mi aspecto descuidado mientras vosotros no podíais aparcar el tema laboral degustando el bogavante del que sentí pena, por cierto. Poner cara de sorpresa al recibir tu inútil e inapropiado regalo de Navidad, comprado a última hora en la joyería de la Rambla. Jamás deseé un reloj Cartier con sus piedras incrustadas ¿El tiempo es oro? ¿Quizás te arrepientes de algo y lo pagas con joyas? ¿Quizás es demasiado tarde? Un reloj carísimo que irá a la caja fuerte en dos días... ¿Y qué me dices de cenar con tus padres? Han pasado dos años desde que estamos juntos y tenía que ser ahora cuando decidiste presentarme a tu familia, por fin. ¿No podrías haber esperado a otro momento que este que odio tanto y me recuerda lo infeliz que soy? Porque soy un complemento, una actriz secundaria en cada situación, la adorable niña perdida, de sonrisa permanente aunque reina de la desidia. Aún así, brindemos por el año de puro teatro. Hagamos el acto final como se merece. Besemos a padres, hermanos, cuñados y suegros. Abracémonos fuerte y sin pausa. Disfracemos la realidad entre Moët y chocolate suizo. Quitémonos los zapatos de aguja y bailemos descalzos como si me quisieras. Como si yo te hubiese querido alguna vez. Porque yo no sé si podré aguantar otra Navidad más, ho-ho-ho!

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